domingo, 25 de marzo de 2012

Oz

Quién no desea,
después de la nevada,
construir con los restos un hombre-espantapájaros.

El pellejo, la materia del sol,
más vulnerable que un muñeco de nieve
-tullido, es necesario-
ante la gasolina de un mechero.
Especie condenada a la extinción,
una existencia comprometida
al esplendor de un empleado de banca:
el calendario con una sola fotografía,
campos desiertos de maíz.
Él, fuera de los márgenes,
clavado.

Qué ha sido de los otros.

La magia, la impostura.

En la cocina yacen
los miembros del hombre de hojalata.
Su carne y su piel son la protesta,
voz.

El león -paloma- se ha encaramado a la azotea.
Regurgita.
Se acabó el Serengueti,
su dolce far niente,
la cadencia ondulante de su espinazo
cuando le apetecía caminar.
El león es una entrada del diccionario,
resbala en la pizarra,
caen las tejas,
cae él sobre su lomo.

Ha cambiado la raza de los perros.
Ennegrecen, dilatan, se convierten
encima de la alfombra del vestíbulo.

La casa se destruye
sin aire,
sin el agua,
sin fuegos que no sean de artificio,
sin un temblor de tierra.
 
Dónde vamos a estar mejor que en ningún sitio.

2 comentarios:

  1. Estupendo, además el mito de Oz me es muy cercano. Felicidades por tu poesía.

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias, Night Stalker, aunque este poema no acaba de convencerme, creo que se me escapa el léon... Voy a darle unas cuantas vueltas.

    ResponderEliminar