lunes, 7 de mayo de 2012

Cuanto más deprisa voy, más pequeña soy



Es de suponer que, cuando uno se acerca estadísticamente a la muerte, se encuentra cara a cara con una sesión de miedos y preguntas. Más aún si se está tan solo que teme que su cuerpo sea descubierto por el olor. Esto le ocurre a Mathea, en el presente viuda y siempre fóbica social, protagonista de esta fluida pero nada liviana novela.


  • Autora: Kjersti A. Skomsvold
  • Editorial: Lengua de Trapo
  • Páginas: 144
  • Edición: 1
  • Encuadernación: Rustica
  • Dimensiones: 22 x 15 cm
  • Idiomas: Castellano

Una persona a la que me unen vínculos familiares me devolvió una vez con indisimuladas muestras de indignación todos los libros que le había prestado. "¡¿Por qué me dejas libros tan tristes?!", dijo. No pensaba yo que el conjunto mereciera tal adjetivo, para mí no descalificatorio, aunque pudiera achacársele a alguna de las novelas, pero al comprobar la animadversión de mi consanguíneo por tales lecturas, le dejé otras que juzgué alejadas de tal, para él, improperio. Me fueron devueltas con la misma queja y el pariente en cuestión se negó a darme más oportunidades. En su cumpleaños le regalo ropa.

La sorpresa ante la insospechada tristeza de mi biblioteca dejó para mí la reflexión de por qué esta persona era capaz de encontrarla en libros tan radicalmente distintos, entre los cuales había incluso guiones de comedias. Dejando de lado la diferente concepción de tristeza que ambos podíamos tener, me pregunté si era posible, o, lo que es más, conveniente, eliminarla por completo de una obra literaria o artística en general. ¿Existe alguna en la que no haya, pretendidamente o no, una historia, un personaje, una conversación, una palabra, una letra triste?: aparece hasta detrás de un cómico comiéndose un zapato, colgado de un reloj o de un afásico que utiliza una bocina para comunicarse.

Algo similar ocurre en la novela de Kjersti Skomsvold, que comparte con el cine mudo un inquietante y delicioso rasgo: esa comicidad disparatada y traslúcida a través de la cual puede vislumbrarse la amargura.

El material de la historia, expuesto en crudo, es carne de drama, o incluso en manos torpes o perversas, de dramón: una mujer enviuda y se queda completamente sola. No le queda más familia y, como consecuencia de la timidez patológica que le hace entrar en pánico cada vez que atisba aunque solo sea la posibilidad de interrelacionar con otro ser humano, no tiene amigos, ni tan siquiera conocidos. A lo largo de su vida, para no desvelar más de la cuenta, diremos que ha practicado múltiples grados y tipos de soledad, incluidas las modalidades de grupo y de pareja, pues su marido también le ha suministrado sus particulares dosis de recuerdo. Ahora su única compañía, aunque imperfecta, la ha dejado. Teme, más que su propia muerte, el hecho de no quedar en el recuerdo de nadie. Busca respuestas, soluciones, con el excesivo tiempo para pensar de los introvertidos, en un mundo que se revela capacitado para ignorar  las súplicas de una víctima que ha conseguido escapar del lugar donde ha permanecido secuestrada durante años. Supongo que les suena.

Sin embargo, desde el comienzo de la novela sabemos que el propósito de la escritora se aleja de la lágrima fácil: nos habla una voz, la de Mathea, que va a cargar su historia, aunque parezca imposible, de humor, y con ello no quitará importancia a los grandes temas que hilan la novela –la soledad, la muerte y, por lo tanto, la vida-, sino que los tratará de un modo que se han ganado a pulso. Y qué quieren, si vienen provocando. Humor irónico, satírico, burlesco y, sobre todo, humor absurdo de una reina – por egocéntrica y narcisa, no olvidemos que se trata de una tímida – que ha descubierto que ella también tiene que morir.

Humor, en ocasiones, intencionado -no en vano la protagonista pretende ser recordada como la mujer más graciosa del mundo- pero las más de las veces involuntario, únicamente percibido desde fuera, lo que acrecienta la comicidad de la situación y el personaje y, por paradójico que resulte, su lado melancólico, la capacidad para conmover al lector sin sentimentalismos. Esto resulta extraño si se tiene en cuenta la reflexión de Henri Bergson de que el humor va dirigido a la inteligencia pura, requiere una anestesia temporal del corazón, mientras que la poesía tiene como meta la emotividad. La obra de Skomsvold provoca la risa y la sonrisa pero no deja de conmover, quizás porque el humor no es puro, provocador de carcajadas, sino velado por ese sinsentido que lo poetiza.

Porque hay poesía en esta obra: una que no nace de efectismos perpetrados al lenguaje, sino del lirismo de la mera acción descrita sin aderezos, de la condición y características de los personajes y lugares acertadamente escogidos: “Mentiría si dijera que no tengo la esperanza de encontrarme con el hombre sin reloj en el camino”. Es en los momentos más dramáticos donde cobra más relevancia este recurso: la narración, subjetiva per se, pues se realiza en primera persona, casi se objetiviza, se pega a la acción de tal manera que parece que la historia nos es contada por un observador externo, y con ello se hace más terrible, pues lo que perturba queda solo, sin que podamos recriminarle artificios ni mentiras.

En conclusión, ha construido Kjersti Skomsvold, con su primera novela, ganadora de diversos premios y traducida a diez idiomas, una obra que remueve inteligencia y emotividad, porque hay una parte de la vida de Mathea que no podemos achacarle a su excentricidad ni a su enfermedad y es la parte de vida que nos toca y nos espera. Una historia triste, como diría mi querido pariente, al que tendría que dar la razón. Hilarante y triste. Hermosa y triste.
















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