martes, 9 de febrero de 2016

Tres capturas

El rey de la montaña

Me cuesta imaginarte al aire libre,
pero alguien capturó
tus diecinueve años
con el traje infantil de los ciclistas
en la base de lo que puede ser
una montaña.

Con un pie en la tierra,
parece que descansas
(en el manillar, tus brazos rígidos).
A tu lado, un supuesto
amigo de hombros relajados
que parece un reflejo (nunca
lo vi, ¿también fue devorado
por el rey?).

Cada cierto tiempo, una parada
para aprehenderte. Tu imagen es
una toma de aliento. Confundir
el cansancio con la memoria.

La extinción de este tipo
de fotografía en blanco y negro
(aristas de triángulos perfectos
o rombos cercenados),
te da solemnidad
a pesar de (o gracias a)
tu escasa proporción en el paisaje,
tu relación con la montaña.

Debido al papel inmaculado
-intacto por la preservación,
el bloqueo doméstico de luz,
dentro de cualquier caja-
alguien que no te conociera
podría pensarse
que estás vivo.

Que has conseguido ser
sólo el ciclista
(el que desea).

Sonríes y parece que eres
capaz de respirar.


La pasajera

Tú, pasajera,
lo sigues pareciendo
aunque camines.

Cuando volar no era frecuente,
conseguían retratos eficaces:
la caza inesperada
del recién llegado sobre la pista.

Y así tengo tu imagen.

La promesa
de tu velocidad, tus ángulos
(volar no te intimida, sólo
los medios de transporte subterráneos).
Forman el decorado
la escala, la cola del avión y el caballero
que ha elegido tu madre entre el pasaje
para la custodia. El hombre
durmió plácidamente en el trayecto,
y en la imagen,
por detrás de tus pasos,
te olvida o desconoce.

No sabes que desciendes, continúas
sentada en la aeronave, el mito extremo
de imposibilidad del abandono.
La presurización
contra la omnipresencia de la atmósfera,
su condición letal,
treinta mil pies.

Llevas contigo
tu particular mal de montaña, tu cintura
de avispa en la cabina.

Eres la designada, la que deglutirá
a cambio de protección, la piel
de animales muertos muy pequeños.

La foto es aceptable.

Tus hermanos
cosieron tu traje de chaqueta.


Fin de fiesta

Sucede después de los aplausos.
Descienden los actores
y se ilumina el patio de butacas,
consternado
por la luz y la música.

Ella, él, en una escalera tipo imperio
se sientan sobre el mármol.

El hombre
rodea el cuello de ella con las manos.
Son la forma de un ave
con pulgares tangentes
y las palmas abiertas.

La mujer
sostiene su copa de champán
como si fuera atrezzo.
Sus rasgos son prestados.
Calma de sanatorio,
de un jardín
con sus cuatro paredes.

Ella junta y ladea las rodillas.
Él separa las piernas, flexionadas:
le construye un espacio.

Llevan confeti, gorros
se celebra
la noche excepcional:
la última
y primera.


Poema finalista (en una de sus versiones) del I Premio de Poesía "Versos al Aire", convocado por la FCPJH y Airbus Group.

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