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lunes, 3 de junio de 2013

El poeta crea el mundo. (Algunas notas sobre la lectura de “Mortífero, Ingenuo y Transparente”, poemario inédito de María Solís Munuera). Por Juan Hospital.

El viernes 31 tuve el privilegio de ser presentada por el poeta Juan Hospital en el recital del Espacio Reina 37. Os dejo aquí el maravilloso texto que me dedicó. Juan, no me cansaré de darte las gracias ni de leer estas palabras. Los que te escuchamos estamos deseando oírte recitar el mes próximo.


"Alguien dijo que acercarse a la poesía es como enfrentarse a una lengua extranjera. En un primer momento, puede suceder que nos asalte la necesidad de traducir a un término preciso y racional, lo que supuestamente el texto comunica. Si se logra superar esta primera inseguridad, esta inicial necesidad de certidumbre, entonces es posible la vía de la comprensión, el camino que puede conducirnos a un diálogo abierto con la gran razón del cuerpo, ese lugar donde todo acontece, donde nada es fijo y sólo hay devenir.

Es posible entonces observar cómo María muda de piel y la abandona, y ahí queda, al alcance de otros, al alcance de quien quiera hacer uso de ella; o cómo, con la honestidad del científico absorto ante un descubrimiento relevante, nos muestra su sangre, y en una especie de ritual inocente y fascinado juega con ella, la mezcla con el barro y la comparte.

María es entonces la piel que crece, se desprende, y deja de ser suya; es la piel que hierve de urticaria bajo el agua plagada de medusas; es la piel bajo el vestido donde el mundo  ignora que ha penetrado una griega,  y sigue anoréxico su curso entre las ruinas.

Es el lenguaje del cuerpo el que habita los poemas. Un lenguaje que en los versos de María, parece limitarse a veces al enunciado de los hechos, a la aparentemente aséptica descripción. Por momentos pudiera parecer que estemos asistiendo a una ficción, que ante nosotros discurra la secuencia de una escena cinematográfica. Pero nada más lejos de la realidad. Es el poeta quién coloca la cámara, capta el mundo y nos lo muestra. No hay lamentación, súplica o desafío de un yo lírico afectado, es cierto, y tampoco hay necesidad de ello. Pero es un poeta, no hay duda, quién formaliza con precisa contención emocional el mundo. Un mundo que lejos de serle ajeno, más bien le pertenece. Y es precisamente esa mezcla de íntima vivencia y aparente asepsia del lenguaje, lo que a mi entender dota de una grandísima fuerza expresiva a los poemas de María.

No es, y sí es, la realidad la que aparece en el poema. No hay reflejos. La vida se detiene en la memoria del poeta y entonces es presente. Es como diría Nietzsche experiencia dionisíaca del mundo, afirmación de la vida, pura creación, eterno retorno que deja de pensar el pasado como fatalidad o el futuro como meta. Es la inocencia, por ejemplo, de Santa Úrsula soñando eternamente que en el supermercado venden niñas, inocentes niñas en el estante, o bajo la falda de quien corre eternamente a comprarlas.

No hay poesía masculina o femenina. No tendría sentido diferenciar la poesía en función del género al que pertenece el autor. El género no es más que una convención temporal, un rol culturalmente asignado. Y la evidente diferencia biológica entre el hombre y la mujer no justifica la arbitraria diferencia de géneros. Pero lo queramos o no el estereotipo del género que hemos asumido o contra el que nos revelamos nos conforma. Y María se revela. La voz que escucho en sus poemas es la voz de una mujer comprometida. Una mujer abanderada de sí misma y de las mujeres que la han precedido. No en vano inicia el poemario con las palabras de Rilke que transcribo: “madre mía querida: estate orgullosa: llevo la bandera, no tengas pena: llevo la bandera, quiéreme: llevo la bandera…” Y me aventuro a augurar que esa bandera ondeará muy alto, y lo digo apoyándome en la especial sensibilidad y valentía con la que María Solís expresa y nos regala sus vivencias.

El poema en María es la gran mamá nocturna o la mamá que mete espejos en el pavo, la mamá que mastica o la madre verdosa que prohíbe, la higiénica codicia de la madre o la mujer que escupe el barro, la giganta en la vitrina o la mujer asocial, la madre que ha  cambiado su leche por saliva y con limpieza genética da continuidad a la insoslayable tradición mamífera.

La poesía va más allá. No es política pero no puede dejar de serlo. La vida histórica y social distorsionada por el lenguaje poético queda en suspenso y es nombrada. Aparece con angustia, por ejemplo, en el ritmo firme y disciplinado de ese grupo de “hermosos” fascistas que recorren la Gran Vía, que están viniendo hoy, ahora, amenazantes, hacia nosotros.

El poeta no es un espíritu puro, ni un iluminado. Su lugar no está fuera del mundo. Es un rebelde. Un rebelde que se niega a ser domesticado. Y quizá no haya mayor rebeldía que cuestionar el lenguaje, el propio fundamento del ser humano, uno de los más poderosos instrumentos de coacción. Y en los poemas de María el lenguaje es cuestionado y recreado.

Una vez oí decir a Gamoneda que la primera palabra que el hombre pronunció necesariamente tuvo que ser una palabra poética. El lenguaje es metáfora aunque lo hayamos olvidado. Pero el poeta no olvida y lo recrea. Y María transgrede como todo buen poeta las convenciones del lenguaje, y habla por primera vez.

Es mi deseo que estas palabras, muchas de ellas suyas, sirvan para hacer extensivo el placer que he experimentado con la lectura de este poemario, que si no hay cambios llevará por título “Mortífero, ingenuo y transparente”, y que espero pueda ver pronto, para satisfacción de todos, la luz.

Me gustaría acabar con el primer verso del poema titulado “Desahucio (o piel)”, al que  ya he hecho referencia, y  que dice así: “con orgullo, afirmo que mi piel me pertenece”. Y me atrevería a decir estableciendo un paralelismo con ese primer verso que con enorme agradecimiento afirmo que tu piel, ahora, también me pertenece.


Muchas gracias María."



Juan Hospital


Madrid, Mayo de 2013