I
Gaviota.
He dicho gaviota en un poema.
Quizás tendré permiso si la muestro
prácticamente inmóvil,
en una orilla oscura,
cubierta de petróleo.
Así tendré la venia para hablar
de un barco naufragado
y será bueno.
Incluso de una isla, si es allí
donde han documentado a la gaviota,
su cambio de registro.
II
Golondrinas.
El caso es complicado.
No les recuerdo
una muerte política.
Podría compararlas a las monjas,
pero una religiosa de papel
ya resultó romántica.
¿Y un pájaro volando con dos trajes?
Uno blanco, uno negro, los dos tonos del luto,
ave en cruz -como todas las aves-
que en verano desciende a la piscina y se alimenta
a muy pequeñas dosis de su cloro
y eso nos complace.
III
Las pupilas.
La luna.
Las estrellas.
Me atrevo con la luna y las estrellas,
con su luz
(esto es científico)
medio de orientación de las polillas.
(Del ejemplar adulto,
el que vuela y no come
por la metamorfosis de su boca,
atrofiada
tras la fase crisálida, es la larva
la que devora la madera, los cereales, los tejidos).
Luz estelar, lunar,
tan lejana que llega a ambas pupilas
y baten las alas al unísono
y los depredadores se rinden más abajo.
Y cuando la polilla
busca la luz más cerca,
la luz artificial, la luz humana,
únicamente llega a una pupila,
bate un ala,
y la polilla muere
creyendo que huye de la muerte,
de la noche y sus pájaros.
O, según otra teoría, por amor
-he dicho amor-.
Heroína francesa que no arde, se quema
enloquecida,
inapetente,
hambrienta no saciada
por los hilos cosidos a sus labios.