jueves, 7 de julio de 2016

Reseña de "La zanja", de Nuria Ruiz de Viñaspre, en Nayagua

Reseña en Nayagua (pág. 260)



La piedra y la letra

“La zanja”
Nuria Ruiz de Viñaspre
2015
Colección Calabria Poesía
Editorial Denes
XII Premio César Simón de Poesía, organizado por la Universitat de València, Vicerectorat de Cultura i Igualtat en colaboración con el Ayuntamiento de Villar del Arzobispo


“Ando buscando el lenguaje en lo que antes era la casa del lenguaje. La casa se ha volado”, dice uno de los versos de “La zanja”. Si imaginamos el lugar que deja una casa al desaparecer, puede que pensemos en la tierra llana. Sin embargo, bajo una casa volada el nivel del suelo quedaría por debajo del resto: ahí estaría el espacio que alojó los cimientos, la zanja cavada para contenerlos.  Vacío, o conjunto de vacíos, rectangulares, estrechos y alargados, que remiten al hueco dejado para la tumba.

“Zanja”  es ruptura y contundencia. Final seco, separación, hueco, obstáculo en forma de abismo de tamaño animal que incita al salto o, escondido para el ojo, propicia la caída inesperada: trampa de cacería. Trinchera que oculta y/o se convierte en fosa. Es ausencia de tierra retirada por la mano del hombre, que puede retrotraer a todas las connotaciones negativas anteriores, pero zanja es también terreno abierto para canalizar el agua, para defender el campo, para enterrar semillas, para asentar los cimientos de la nueva casa. Zanjar es concluir, pero abrir zanjas es empezar. Palabra terminal y de comienzo, pues, la elegida por Nuria Ruiz de Viñaspre para titular este poemario que es pérdida siempre abrupta de lo amado, fagot y fiera: “cuando lloro soy fagot y cuando amo fiera”, a la vez soterramiento y laguna de materia que un día estuvo. Lugar volado, canto, dolor y grito en forma de pregunta. Duelo en que se baten el estatismo y el deseo, el paroxismo y el anhelo de alivio, de conocimiento de la zanja para la salida de esa falta de tierra, de mundo, de lenguaje:

“hay un mundo nuevo dentro de la zanja
trinchera que esconde guerreros de un ayer vencido
más arriba ha crecido algo
es un dios minúsculo que con obsidianojo nos pregunta
(…)
¿cómo escurrir el bulto que deja el hombre en la fosa?”

La zanja es más que vacío, pues está enmarcado. Por todas sus caras menos una, lo realza y limita la tierra, idéntica materia a la de lo arrebatado, y por ello memoria. La zanja es horror vacui:Aristóteles dos puntos: dime ¿es verdad que la naturaleza nunca deja un sitio en blanco, sino que evoluciona para comerse el vacío?”, necesidad de elemento para llenar la nada provocada por el desahucio inverso −la casa se va, el inquilino queda−, en este caso amoroso, pero extrapolable  a cualquier realidad que implique muerte propia y avance imperturbable del mundo: “Todo se ha desintegrado. O, por el contrario, nada se ha desintegrado, excepto yo, que me fui junto a ese ciervo”.

No se queda la autora en ese cariz de exterminio de la zanja, sino que, como se ha dicho antes, trata también su aspecto de de creación, y entre ambos extremos retuerce, metamorfosea el término, la forma de la zanja para utilizarla en tantas realidades como cavidades muerte o vida le son necesarias; y de ese modo llega con especial hincapié al memorial de la pareja, y con él al sexo, y zanjas son “los raíles de sus brazos”, “el carril por el que discurría su sexo”, “los trillos de su cuerpo”, “arañazos por los que se desplazaban uñas”. En este aspecto, recuerda al “And, if you dare, the fissure!”, de D. H. Lawrence, verso-exhortación lanzado en su libro “Birds, beast and flowers!”, donde, especialmente en la parte dedicada a las frutas, esa fisura, hendidura, grieta, era palabra clave, y no sólo desde de su connotación erótica, sino también como abismo y fuente de vida, sombra y atrevimiento a dicha sombra, búsqueda voluntaria de descenso a los infiernos que implica vivir, abrir la mirada, amar “la deliciosa podredumbre”, y el coraje de ello, como en los siguientes versos de “La zanja”:

“Y es que en la página no hago pie. Prefiero el vértigo, la braza, el brazo, el nado y la nada en las aisladas costas. ¿Quién quiere esa arena en los ojos donde gritan los niños que hacen pie cuyas madres tienen bocas que también hacen pie y comen enfermos a mordiscos? Hacer pie es llegar sin braza, ni brazo, ni nado, ni nada. Es detenerse en el vértice de una piscina con ordenadas aguas entremárgenes. Prefiero luxar mi cuerpo-silla.”

Así, el yo poético ordena: “ve, lengua dentro de mi boca, busca el lenguaje en aquella casa a la que se le han volado todas las sillas”, y se interroga sobre continente y contenido, grande y minúsculo, permanente y efímero, abstracto y concreto, banal y esencial, en un momento de “desposesión del lenguaje”, donde no sabe “leer el mundo”. Complejidad y osadía que trata, como dice la “zanjapizarnik”, de “Explicar con palabras de este mundo que partió de mí un ciervo llevándome”.

La escritura como salvación, pero cómo. No es casualidad que el cadáver que, entrado el ciervo al bosque, ese cuerpo que queda “atrás (…) muerto sobre la nieve roja” sea el de Robert Walser, escritor e incansable paseante que desarrolló en los últimos años de su vida, al tiempo que aumentaba su delirio, un tipo de escritura, el micrograma, en la que, abandonando la perennidad de la tinta por lo efímero del lápiz, fue disminuyendo el trazo de tal forma que se tardaron años en descifrar esas grafías. Escritura nueva, esencial y minúscula, donde se encontraron sus escritos de mayor lucidez.

Así en “La zanja”, con un lenguaje sencillo, prácticamente sin adjetivación, con, fundamentalmente, nombre y verbo, tiene lugar “La vuelta al yo. Un yo que escribe para lavar a mano las palabras. Palabras pequeñas como tú”.

En esa pérdida, cuestionamiento y búsqueda de lenguaje, la autora experimenta, va de los poemas primeros, más articulados, a los últimos, más próximos al flujo de conciencia. Itera, inventa, cita, utiliza o no las reglas de puntuación según lo requiere. Sin embargo, esa creación de un nuevo lenguaje la consigue sobre todo con  un ejercicio de extrañamiento de los imaginarios que emplea, y que es toda una inmersión terrestre, un remover la tierra, darle la vuelta:

Para empezar, la autora toma el imaginario próximo a San Juan de la Cruz del ciervo como amante, el ave, el bosque, la noche −“ese gran buque que avanza y que nos crece por dentro /          pero crecer duele crecer duele crecer duele la noche / esa gran gran gran descosida / que parte en dos los desunidos cuerpos”− para su amor terrenal y laica divinidad, igual que el ciervo, fauna y símbolo mítico tanto del cristianismo como de religiones nórdicas, fuerza y fragilidad, elemento propicio para la zanja, y así abre el poemario con esos “Ciervos en zanjas”, antes de proseguir con su construcción: Pico, Pala y Zanja, porque la zanja es dada (“un mal necesario”) y autoconstruida:
ex-
cavo
el poema

No es el ciervo el único elemento que la autora escoge del cristianismo: su simbología le sirve a lo largo del poemario para representar ese amor como dios seglar, con cambio de hábitos, al que clama e irreverencia, y así comienza con una oración súplica y blasfemia, padrenuestro donde éste es sustituido por el pájaro litúrgico, suerte de amor y muerte, “rara avis”, gelidez aniquiladora (que, a título particular, a la que reseña le recuerda al divertimento de cierta condesa ordenando a sus huestes echar agua sobre el cuerpo de la doncella a la que previamente había ordenado desnudar en medio de un bosque invernal, y que Pizarnik, presente en este poemario, también rememoraba: “Hay un leve gesto final de la muchacha por acercarse más a las antorchas, de donde emana el único calor. Le arrojan más agua y ya se queda, para siempre de pie, erguida, muerta....”). Se venera al ave Eros-Tánatos: (“santas heladas sean tus alas”) con el absurdo de suplicar al abismo que nos libre del abismo y la revelación de loar al horror como a la gloria y de identificar ese ave-muerte-amor sustituyendo los siglos por los ciervos y el así sea por una exhortación a amar: “por los ciervos de los ciervos, amen”.
Sin embargo, la autora no se queda en ese universo místico, sino que lo trae a altura cotidiana, en este caso urbana, nos lo acerca. En el tercer poema, ya leemos que “Acabo de ver un ciervo en una parada de autobús” y que “Un ciervo se ha estampado en mi bolso”, y esto, que es en parte ironía y en parte terror por proximidad, consigue que lo que podría ser absurdo −y tiene parte de absurdo, pero inevitable, existencial− sea una invasión de realidad: “Ahora la ciudad se acerca. La ciudad es inconmovible”. Llegan la zanja urbana, la excavadora, el desguace, el vertedero: “Al lado del lavadero donde no había amor había un desguace. En el desguace no había amor”.

Hay, pues, fuerte presencia tanto de la naturaleza como de la urbe, contrapuestas o dándose la mano: en cuanto a la primera, los cuatro elementos se manifiestan. En especial, la tierra, materia de zanja, pero también el aire −vacío de esa zanja y por otro lado, movimiento, mundo, exterior que continúa al margen de lo humano y de su estado, dios indiferente: ““Soy una cosa en manos de lo aéreo que ve disconforme cómo el mundo va moviendo ficha desde su estática mirada”−, el fuego destructor y creador: “cómo apagar la llama que antes encendía cuerpos y ahora los abrasa” y, por encima de estos dos últimos, casi con idéntico protagonismo a la tierra, el agua, en su faceta de hielo y en la de mar, con el barco como figura destacada del relato donde el destino inevitable ocupa un lugar protagonista y la nave es definida por su deriva y por el peso de su carga:

“un mal necesario
¿adónde vas?

a Groenlandia”,

“y el hielo es-clavo
y sólo quería correr hacia el clavo
conocido calor junto a mi cruz
y esta nostalgia y este paréntesis y parestesia
país donde mis zapatos son dos palabras

                                   [iceberg]

que pesan mil veces el peso de mi peso
dos buques de guerra en alta mar
allí –a solas- donde todo se aterra”.

El agua entroncada con la tierra y peso del buque que, ya sea dolor, culpa, atrevimiento o ignorancia, tiene su equivalente, símbolo, en cada confesión o relato mítico: así, en los anteriores versos, la carga cobra la forma de la imagen cristiana del clavo, de la cruz, pero en otros versos toma la de la piedra, roca, del mito griego, y es repetición cíclica del castigo a la espalda, lugar de la atadura para el suplicio merecido como respuesta divina al reto lanzado por el humano al dios  (llámese dios, llámese azar, llámese vida, llámese x). Piedra que también es reiteración en cuanto al gemido iterado de la especie humana: “Al pie de la petra o al pie de la letra”: “escribir es entregarse a lo interminable de escribir es entregarse al interminable memorial que hay en toda acción de escribir”.

Desafío a la divinidad, pretensión de inmortalidad, que casa perfectamente si se vuelve a los mitos del mar, a la maldición del barco y su imposibilidad de regreso a cuenta de un dios airado. Sin necesidad de remontarse a Ulises, mucho más cerca está el viejo marinero de Coleridge. Es también, en principio, amor a la belleza, y luego absurdo y ave muerta, carga que lleva a la deriva, a la locura, al estatismo,  al hielo, en este caso antártico, antes de la vuelta y del relato. Es también búsqueda de mapa.

Y en esta búsqueda, que lo es de lenguaje (mundo, yo), éste nunca se da por sentado, sino que se rechaza, ensalza, vitupera, ridiculiza, desea, etc. Es de destacar que se parte de una oración donde se suplica a la deidad-pájaro “líbranos del bla”, y que se termina con un poema donde se dice:

pero mi cuerpo
pero tu cuerpo
 pero
bla
bla
bla

y otro poema escrito, literalmente, en el margen, que vuelve a interrogarse sobre la utilidad de la escritura. A pesar o con todo, el poemario, en cuanto tal, es respuesta irrefutable a esa continua puesta en duda del lenguaje. La palabra, al fin y al cabo, se crea, se dice, y supera con creces a la mera queja inane, a lo que sería un perpetuarse en la zanja. Quizá la utilidad de la palabra yazca, como en el caso del viejo marinero, en el relato de la historia al invitado-lector quien, tras escucharlo, se levanta a la mañana siguiente “A sadder and a wiser man”: más triste y más sabio. 



jueves, 7 de abril de 2016

Cuando las palomas (Traición -pero mucha- de un poema de R. A. Villanueva)


En el columbario escarbado
con las manos, un hombre señala
donde las palomas anidarían, los huevos

serían cuidados por los monjes, y la cueva cerrada
con llave en el ocaso, bajo la custodia
de asesinos a sueldo de arma blanca.
La bandada era carne en la sequía;

nitrato de potasio; yemas necesarias para adherir
retratos a los muros, para levantar un cielo
dorado con violetas y mirra.

Esta noche, mi madre se pinta las uñas
de negro –un tono que llama “Materia oscura”-.
Numera lo que queda de sus células,

nos habla de la quemazón dentro
de sus rodillas, ríe una promesa de lucha.


R. A. Villanueva
Traducción: María Solís Munuera


viernes, 19 de febrero de 2016

Reseña de "Luto (1995- )", de Juan Soros (Edmundo Garrido) en Nayagua

Duelo: memoria y pregunta
María Solís Munuera


Luto (1995-     )
Juan Soros
Madrid, Amargord, 2014


No elegimos las desgracias
pero sí los lutos.
Elegimos la memoria.

(Este es el poder de la palabra)


En Luto (1995 - ), último libro de Juan Soros —pseudónimo de Edmundo Garrido, (Santiago de Chile, 1975)—, compendio de otros cuatro (Tanatorio, Cineraria, Reliquia y Ara), podrían elegirse dos poemas para mostrar, en compendio y en un principio (pues hay constantes vueltas de tuerca), la finalidad de la obra, teniendo en cuenta esto no tanto en términos de utilidad como de sentido. Uno de los poemas es el que precede estas líneas. El otro es “Oráculo de la Nada”:

Existen respuestas
a todas las preguntas
menos a una.

Pregunta de la aurora.

(Dedicarás los días que te restan
a redactar esta pregunta)

Asistimos, pues, a un memorial que es duelo, elegido en cuanto a tal (frente a la negación, la evasiva impostada del dolor, ficticia superación-atajo) y, en consecuencia, en lo referente a su carácter: palabra articulada en forma de pregunta, en este caso escrita. Interpelación que no va a hallar respuesta, lenguaje idiosincrático de los que, ante la muerte, permanecen, amplificado o desdoblado en más facetas al vestirse el rapto de prematuro y sorpresivo, y el raptado de persona amada. Verbo ambivalente, a la vez inútil: “Con un cuchillo escribo sobre agua”, y necesario, inevitable: “Para no escucharte / comencé a escribir”. Trasunto de trenos donde el canto fúnebre se interroga sobre la existencia y sobre el propio canto (e incluso reniega de él: “No hay canto”). Poética tanto de la muerte (vida) como de la palabra.



martes, 9 de febrero de 2016

Tres capturas

El rey de la montaña

Me cuesta imaginarte al aire libre,
pero alguien capturó
tus diecinueve años
con el traje infantil de los ciclistas
en la base de lo que puede ser
una montaña.

Con un pie en la tierra,
parece que descansas
(en el manillar, tus brazos rígidos).
A tu lado, un supuesto
amigo de hombros relajados
que parece un reflejo (nunca
lo vi, ¿también fue devorado
por el rey?).

Cada cierto tiempo, una parada
para aprehenderte. Tu imagen es
una toma de aliento. Confundir
el cansancio con la memoria.

La extinción de este tipo
de fotografía en blanco y negro
(aristas de triángulos perfectos
o rombos cercenados),
te da solemnidad
a pesar de (o gracias a)
tu escasa proporción en el paisaje,
tu relación con la montaña.

Debido al papel inmaculado
-intacto por la preservación,
el bloqueo doméstico de luz,
dentro de cualquier caja-
alguien que no te conociera
podría pensarse
que estás vivo.

Que has conseguido ser
sólo el ciclista
(el que desea).

Sonríes y parece que eres
capaz de respirar.


La pasajera

Tú, pasajera,
lo sigues pareciendo
aunque camines.

Cuando volar no era frecuente,
conseguían retratos eficaces:
la caza inesperada
del recién llegado sobre la pista.

Y así tengo tu imagen.

La promesa
de tu velocidad, tus ángulos
(volar no te intimida, sólo
los medios de transporte subterráneos).
Forman el decorado
la escala, la cola del avión y el caballero
que ha elegido tu madre entre el pasaje
para la custodia. El hombre
durmió plácidamente en el trayecto,
y en la imagen,
por detrás de tus pasos,
te olvida o desconoce.

No sabes que desciendes, continúas
sentada en la aeronave, el mito extremo
de imposibilidad del abandono.
La presurización
contra la omnipresencia de la atmósfera,
su condición letal,
treinta mil pies.

Llevas contigo
tu particular mal de montaña, tu cintura
de avispa en la cabina.

Eres la designada, la que deglutirá
a cambio de protección, la piel
de animales muertos muy pequeños.

La foto es aceptable.

Tus hermanos
cosieron tu traje de chaqueta.


Fin de fiesta

Sucede después de los aplausos.
Descienden los actores
y se ilumina el patio de butacas,
consternado
por la luz y la música.

Ella, él, en una escalera tipo imperio
se sientan sobre el mármol.

El hombre
rodea el cuello de ella con las manos.
Son la forma de un ave
con pulgares tangentes
y las palmas abiertas.

La mujer
sostiene su copa de champán
como si fuera atrezzo.
Sus rasgos son prestados.
Calma de sanatorio,
de un jardín
con sus cuatro paredes.

Ella junta y ladea las rodillas.
Él separa las piernas, flexionadas:
le construye un espacio.

Llevan confeti, gorros
se celebra
la noche excepcional:
la última
y primera.


Poema finalista (en una de sus versiones) del I Premio de Poesía "Versos al Aire", convocado por la FCPJH y Airbus Group.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Reseña de "Mortífero, ingenuo y transparente" en "El pulso" por Alberto Ávila Salazar





Poesía: “Mortífero, ingenuo y transparente”
24 agosto, 2015 por Alberto Ávila Salazar



María Solís Munuera nos presenta en su primer poemario una colección de versos tan intensa como seductora.


Mis últimas reseñas se han dedicado a rescatar o a descubrir autores esquivos, jóvenes y todavía por consagrar. En esta nueva entrega no voy a hacer una excepción y voy a prestarle atención a un libro que probablemente no ha recibido la que se merecía.

María Solís Munuera es una autora relativamente joven (nacida en 1976), su trayectoria poética es escueta, apenas una plaquette en 2011 y algunos poemas sueltos esparcidos en diversas antologías. Se puede decir que el libro que me ocupa es un debut, pese a la madurez y a la precisión estilística que exhibe. Ofrece una lectura ágil, casi fulgurante. Pero esa velocidad de lectura se compensa con un regusto denso que hace que sea un libro que, a buen seguro, acompañará al lector mucho tiempo.